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Cultura

Códice Florentino: las voces que hablaron desde las ruinas

El códice habla

Me escribieron en dos lenguas para que ninguna pudiera fingir que la otra no existía.

A mi izquierda habló el náhuatl. A mi derecha respondió el español. Entre ambas columnas, los pintores llenaron el silencio con mercados, montañas, plantas, dioses, artesanos, animales, enfermedades y guerras.

Fui hecho con preguntas. Ancianos y sabios recordaron lo que habían aprendido antes de que los templos cayeran. Escribanos indígenas ordenaron sus palabras. Pintores jóvenes dieron rostro a un mundo que ya estaba siendo perseguido.

En mi último libro, la ciudad se cubrió de humo. Los caballos entraron donde antes avanzaban las canoas. La viruela llegó sin ser llamada. El agua tuvo sabor a sangre y la gente comió lo que nunca habría imaginado comer.

Aun así, las palabras sobrevivieron.

La obra monumental de Sahagún y sus colaboradores

El manuscrito conocido como Códice Florentino lleva como título original Historia general de las cosas de Nueva España. Fue coordinado por el fraile franciscano Bernardino de Sahagún, pero considerarlo obra exclusiva de un europeo ocultaría la participación esencial de sabios, escribanos, intérpretes y pintores indígenas.

Sahagún comenzó sus investigaciones sobre las culturas del centro de México durante la década de 1540. Trabajó con informantes nahuas en lugares como Tepepulco, Tlatelolco y México. Su método incluyó cuestionarios, comparación de testimonios, organización temática y revisión lingüística.

La Biblioteca del Congreso considera que ese procedimiento anticipó técnicas asociadas posteriormente con la investigación antropológica. La versión final fue terminada hacia 1577 y quedó organizada en 12 libros.

El manuscrito contiene textos paralelos en náhuatl y español, acompañados por miles de ilustraciones. Actualmente se conserva en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, Italia, de donde procede su nombre moderno.

¿Quiénes lo hicieron?

Además de Sahagún, la obra dependió de los llamados informantes indígenas, principalmente ancianos y especialistas que conservaban conocimientos religiosos, históricos, naturales y sociales.

También participaron colaboradores nahuas educados en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Entre los nombres asociados con el proyecto aparecen Antonio Valeriano, Alonso Vegerano, Martín Jacobita y Pedro de San Buenaventura, aunque la intervención exacta de cada uno sigue siendo materia de investigación.

Los pintores indígenas ocuparon otro lugar decisivo. Sus ilustraciones no se limitan a repetir el texto. En ocasiones ofrecen información adicional, combinan convenciones mesoamericanas con técnicas europeas o expresan perspectivas distintas de las explicaciones españolas.

Por eso el Códice Florentino debe entenderse como una obra colectiva y desigual: fue producido dentro de una estructura colonial, bajo la dirección de un fraile, pero conserva una cantidad extraordinaria de conocimiento nahua.

Los doce libros de un mundo

El primer libro trata sobre los dioses. Describe sus nombres, atributos, vestimentas y ceremonias.

El segundo se ocupa de las fiestas y sacrificios del calendario ritual.

El tercero aborda el origen y las historias de las deidades.

El cuarto explica el arte de la adivinación y el calendario de 260 días. La Biblioteca del Congreso identifica esta sección como el libro dedicado al arte adivinatorio.

El quinto reúne augurios, presagios y creencias.

El sexto conserva discursos morales, oraciones y formas refinadas del habla, incluidos los llamados huehuetlatolli, o palabras de los antiguos.

El séptimo estudia el Sol, la Luna, las estrellas y la cuenta del tiempo.

El octavo describe gobernantes, nobles y formas de gobierno.

El noveno se concentra en comerciantes y artesanos.

El décimo aborda grupos sociales, virtudes, defectos y partes del cuerpo.

El undécimo reúne conocimientos sobre animales, plantas, minerales, aguas, montañas y otros elementos naturales.

El duodécimo narra la Conquista de México desde testimonios indígenas y constituye una de las fuentes más poderosas sobre el trauma de la invasión.

Una enciclopedia bajo vigilancia

Sahagún buscaba conocer la religión indígena para facilitar la evangelización. Comparó su tarea con la de un médico que necesita identificar una enfermedad antes de combatirla.

Esa intención coloca al manuscrito dentro del proyecto colonial. Las preguntas, categorías y traducciones estuvieron condicionadas por la mirada cristiana del siglo XVI.

Sin embargo, el resultado desbordó ese propósito. Los informantes y escribanos indígenas lograron conservar nombres, descripciones, discursos y formas de pensamiento que de otro modo se habrían perdido.

El códice es simultáneamente herramienta evangelizadora, archivo colonial, obra lingüística, enciclopedia natural y depósito de memoria indígena. Esa tensión constituye una de sus mayores riquezas y también obliga a leerlo críticamente.

El mundo natural tenía voz

El libro XI describe animales, plantas y minerales con un nivel notable de detalle. No se limita a enumerarlos: registra apariencias, comportamientos, usos medicinales, peligros y lugares donde podían encontrarse. La Biblioteca del Congreso conserva y presenta digitalmente esta sección dedicada a las “cosas naturales”.

En la cosmovisión nahua, los seres humanos no ocupaban un universo inerte. Los animales podían estar asociados con dioses, presagios, calendarios y atributos morales.

Las montañas guardaban agua y podían concebirse como entidades con fuerza propia. Las cuevas eran entradas al interior de la tierra. El maíz participaba de la sustancia de la vida humana.

El conocimiento natural era práctico y sagrado al mismo tiempo. Una planta podía servir para curar y estar vinculada con cualidades rituales. Un animal podía ser alimento, signo calendárico y manifestación de fuerzas invisibles.

Las palabras de los antiguos

El libro VI conserva discursos destinados a gobernantes, matrimonios, hijos, comerciantes y distintos miembros de la sociedad.

Esos textos muestran una ética basada en la moderación, el autocontrol, el trabajo y la conciencia de la fragilidad humana. La Tierra era descrita a veces como un lugar resbaladizo, donde nadie podía avanzar sin riesgo de caer.

La existencia era transitoria. La fama, la riqueza y el poder podían desaparecer. De allí provenía la insistencia en mantener “un rostro y un corazón”, expresión relacionada con la formación de una identidad moral.

La educación buscaba modelar el carácter y enseñar a una persona a ocupar responsablemente su lugar dentro de la comunidad.

La Conquista vista desde dentro

El libro XII narra la llegada de los españoles, los presagios, los primeros encuentros, la matanza de Tóxcatl, la guerra, el sitio, el hambre, las enfermedades y la derrota de Tenochtitlán.

Sus escenas no presentan la Conquista como una marcha inevitable del progreso. Registran incertidumbre, dolor y desconcierto.

Los caballos fueron percibidos como criaturas extraordinarias. Las armas de fuego producían ruido, humo y destrucción desconocidos. Las armaduras modificaban la apariencia de los invasores.

La epidemia de viruela agravó la crisis al afectar a una población sin inmunidad previa. El sitio cortó el acceso a alimentos y agua. La ciudad construida sobre el lago quedó atrapada dentro de su propio entorno.

La Biblioteca del Congreso destaca que, al apoyarse en testimonios primarios, Sahagún logró conservar el asombro y el trauma experimentados por los mexicas durante la derrota.

¿Por qué terminó en Florencia?

El proyecto encontró resistencias dentro de la propia administración española. La Corona temía que ciertas obras sobre las religiones indígenas contribuyeran a mantener prácticas consideradas idolátricas.

La versión final salió de Nueva España y terminó en manos de la familia Medici antes de 1588. Desde entonces permanece en Florencia.

Durante siglos, el manuscrito fue consultado de manera limitada. Las reproducciones, estudios y procesos de digitalización permitieron que su contenido se volviera accesible para comunidades académicas y lectores de distintos países.

Como otros códices mesoamericanos, su historia plantea una contradicción: se conservó lejos del lugar donde fue creado.

La memoria no quedó vencida

El Códice Florentino surgió en un mundo dominado por la violencia colonial. Sus colaboradores indígenas trabajaron cuando las instituciones, la religión y las formas de autoridad de sus antepasados estaban siendo desmanteladas.

No pudieron impedir la destrucción, pero lograron registrar parte de aquello que estaba en peligro.

En los doce libros todavía hablan agricultores, parteras, comerciantes, gobernantes, médicos, sacerdotes, artesanos y sobrevivientes. Sus voces no llegan intactas: fueron traducidas, seleccionadas y organizadas bajo vigilancia. Pero llegan.

Cada página demuestra que la derrota militar no eliminó la capacidad de recordar. En medio de las ruinas, los antiguos habitantes de México encontraron una forma de esconder su mundo dentro de un libro.