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Ciencia

El T. rex tenía sangre caliente y su temperatura corporal era sorprendentemente cercana a la humana

Durante décadas, la imagen del Tyrannosaurus rex estuvo asociada con la de un enorme reptil que dependía del ambiente para regular su temperatura. Sin embargo, una nueva investigación aporta evidencia de que este depredador prehistórico era un animal de sangre caliente capaz de mantener una temperatura corporal cercana a la de los seres humanos.

El estudio, publicado el 16 de septiembre de 2026 en la revista Science Advances, calculó que el T. rex tenía una temperatura corporal de aproximadamente 36.3 °C, apenas unas décimas por debajo de los cerca de 37 °C que suele asociarse con el cuerpo humano.

El dato fue obtenido a partir de pistas químicas conservadas en el esmalte de dientes de ejemplares encontrados en Montana, Estados Unidos. Para los investigadores, el resultado ayuda a reconstruir no solo la fisiología del famoso dinosaurio, sino también su comportamiento, sus necesidades energéticas y su capacidad para ocupar ambientes muy distintos.

“Deja de ser un reptil en la forma en que la gente se imagina a los reptiles”, señaló Aradhna Tripati, geocientífica de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y autora principal de la investigación.

Un depredador que no necesitaba esperar al sol

La diferencia entre un animal de sangre caliente y uno de sangre fría está relacionada con la forma en que regula su temperatura corporal.

Los animales ectotermos, como los cocodrilos y muchas serpientes actuales, dependen en buena medida de fuentes externas de calor. Pueden calentarse tomando el sol o buscando lugares con temperaturas adecuadas, pero su temperatura corporal está más condicionada por el ambiente.

Los endotermos, en cambio, producen una cantidad importante de calor internamente gracias a su metabolismo. Esta capacidad les permite mantener una temperatura relativamente estable incluso cuando las condiciones externas cambian.

Una temperatura de 36.3 °C sitúa al T. rex dentro del rango inferior de los animales endotermos, según Tripati. La cifra se encuentra mucho más cerca de la temperatura corporal de un elefante, alrededor de 36 °C, o de un avestruz, cercana a 39 °C, que de la de un cocodrilo.

Esto modifica la imagen de un dinosaurio que necesariamente necesitaba calentarse bajo el sol antes de comenzar su actividad. Si podía mantener internamente una temperatura de ese nivel, tenía mayor independencia respecto de las condiciones térmicas inmediatas de su entorno.

El T. rex pudo soportar ambientes mucho más fríos

El Tyrannosaurus rex vivió hace aproximadamente 66 millones de años, durante el Cretácico, y sus fósiles se han encontrado en una extensa región del oeste de América del Norte.

Su distribución conocida incluye territorios que actualmente forman parte de Alberta y Saskatchewan, en Canadá, así como Montana, Wyoming, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nuevo México y Texas, en Estados Unidos.

Los investigadores combinaron el nuevo dato sobre su temperatura corporal con modelos climáticos para analizar qué condiciones ambientales podía tolerar el animal. Los resultados sugieren que habría tenido capacidad para vivir en buena parte del continente, incluidos ambientes considerablemente fríos.

En algunos de esos lugares habría tenido que soportar temperaturas exteriores bajo cero.

Para Tripati, esto apunta a un animal más móvil y adaptable de lo que suele imaginarse. Una fisiología endotérmica habría reducido su dependencia de las condiciones climáticas inmediatas y le habría permitido mantenerse activo en lugares donde un reptil ectotermo tendría mayores dificultades para conservar el calor corporal.

La sangre caliente también tenía un precio

La capacidad de producir calor internamente ofrecía ventajas, pero no era gratuita.

Mantener un metabolismo elevado requiere energía. En términos prácticos, un animal endotermo necesita obtener suficientes recursos para alimentar los procesos metabólicos que mantienen su temperatura y permiten sostener una actividad física prolongada.

Robert Eagle, geobiólogo de UCLA y coautor del estudio, explicó que las tasas metabólicas más altas implican mayores necesidades alimentarias y podrían haber requerido una actividad de caza más intensa.

En el caso del T. rex, esto plantea una relación directa entre su fisiología y su comportamiento. El enorme depredador habría necesitado conseguir una cantidad considerable de alimento para sostener su metabolismo, pero a cambio habría podido permanecer activo durante periodos más largos, desplazarse en busca de presas y recorrer grandes distancias.

La endotermia, por tanto, no debe entenderse únicamente como una ventaja. También implicaba un alto costo energético que debía compensarse mediante una disponibilidad suficiente de alimento.

Los dientes funcionaron como termómetros de hace 66 millones de años

Para conocer la temperatura corporal de un animal que desapareció hace millones de años, los científicos recurrieron a una herramienta poco convencional: el esmalte de sus dientes.

El equipo utilizó un taladro de baja velocidad para extraer aproximadamente 5 miligramos de polvo del esmalte dental de ejemplares de T. rex. Después analizó la proporción de determinados isótopos de carbono y oxígeno mediante una técnica conocida como análisis de isótopos agrupados o clumped isotopes.

La clave está en cómo se formó el esmalte.

Durante su desarrollo dentro del animal, los componentes químicos que forman los cristales del esmalte se incorporan bajo las condiciones de temperatura existentes en el organismo. Al analizar la manera en que están agrupados determinados isótopos, los científicos pueden utilizar esa información como una especie de registro térmico.

“El esmalte dental se forma dentro del animal a la temperatura corporal, por lo que la química del esmalte actúa como un termómetro”, explicó Tripati.

El esmalte presenta además una ventaja frente a otros tejidos del esqueleto. Los huesos se remodelan a lo largo de la vida, pueden disolverse y volver a formarse, y son más susceptibles a modificaciones posteriores. El esmalte dental, en cambio, contiene estructuras cristalinas muy resistentes a la alteración química.

Esa estabilidad permite conservar información relacionada con las condiciones en las que se formó durante periodos geológicos extremadamente largos.

Los dientes de cocodrilo ayudaron a comprobar el resultado

Los investigadores también necesitaban comprobar que su método estaba produciendo resultados compatibles con animales cuya fisiología es mejor conocida.

Para hacerlo, analizaron cinco dientes de cocodrilo de una antigüedad similar y procedentes de la misma formación rocosa donde fueron encontrados los fósiles utilizados en el estudio.

La temperatura promedio calculada para los cocodrilos fue de 30.9 °C, una cifra compatible con la fisiología de los cocodrilos actuales y claramente inferior a los 36.3 °C obtenidos para el T. rex.

Esta comparación proporcionó un punto de referencia para interpretar los resultados y respaldó la diferencia térmica entre ambos grupos de animales.

Aun así, la cifra del dinosaurio generó una reacción interesante entre otros especialistas. Jasmina Wiemann, paleobióloga de la Universidad Johns Hopkins que no participó en el estudio, declaró a Associated Press que, a partir de sus investigaciones anteriores, habría esperado una temperatura mayor, cercana a los 42 °C observados en aves voladoras modernas.

Esto muestra que todavía existe debate sobre cuál era exactamente el nivel metabólico de los dinosaurios y cómo se relacionaba con el de las aves actuales.

No todos los dinosaurios necesariamente funcionaban igual

El descubrimiento tampoco significa que todos los dinosaurios tuvieran exactamente la misma temperatura corporal o utilizaran el mismo mecanismo para regularla.

Los investigadores consideran que el mundo de los dinosaurios probablemente incluía una amplia variedad de estrategias metabólicas. Algunos pudieron tener niveles de endotermia relativamente bajos, mientras que otros podrían haber presentado metabolismos más elevados, similares a los de grandes mamíferos o incluso a los de las aves modernas.

“Se cree que muchos dinosaurios, aunque no necesariamente todos, eran de sangre caliente”, explicó Eagle.

La propia Tripati pidió cautela antes de utilizar el resultado para describir a todo el grupo. El estudio analiza una sola especie y la evidencia acumulada sobre los dinosaurios apunta a una diversidad de estrategias fisiológicas, en lugar de una única respuesta aplicable a todos.

Esto es particularmente importante porque los dinosaurios ocuparon una enorme variedad de ambientes y evolucionaron durante más de 160 millones de años. No sería necesariamente esperable que un pequeño dinosaurio emplumado, un herbívoro gigantesco y un depredador como el T. rex hubieran tenido exactamente las mismas necesidades metabólicas.

Un nuevo retrato del rey de los dinosaurios

El dato de los 36.3 °C añade una pieza importante al rompecabezas sobre la vida del Tyrannosaurus rex. Más que un animal que necesitaba depender constantemente del calor exterior, la evidencia apunta hacia un depredador capaz de generar y conservar su propio calor corporal.

Esa capacidad pudo ayudarlo a mantenerse activo durante periodos prolongados, desplazarse por grandes extensiones y ocupar ambientes que incluían regiones mucho más frías de lo que tradicionalmente se asociaba con los grandes reptiles.

Al mismo tiempo, mantener una temperatura corporal estable habría requerido un metabolismo con importantes demandas energéticas y, por consecuencia, una necesidad constante de conseguir alimento.

El esmalte conservado en unos cuantos dientes permitió así reconstruir una característica invisible a simple vista: la temperatura a la que funcionaba el organismo de uno de los animales más famosos de la historia de la Tierra.

Y aunque el descubrimiento no resuelve cómo regulaban su temperatura todos los dinosaurios, sí refuerza una idea cada vez más importante en paleontología: el mundo de estos animales era fisiológicamente mucho más diverso de lo que durante mucho tiempo se creyó.