Los Andes son una de las grandes regiones montañosas del planeta y también una de las zonas donde el retroceso de los glaciares está modificando el paisaje y aumentando determinados riesgos naturales. El cambio climático no significa que cada desprendimiento de hielo vaya a convertirse en una catástrofe, pero sí está generando condiciones que pueden favorecer eventos de mayor magnitud, particularmente cuando existen poblaciones, infraestructura o cuerpos de agua en las partes bajas de las montañas.
El glaciólogo argentino Lucas Ruiz considera fundamental establecer esta diferencia. Después del aluvión ocurrido en Nepal el pasado 28 de agosto, provocado por el colapso de un glaciar y de la roca que se encontraba en su base, el especialista llamó a no interpretar cada glaciar inestable como una amenaza inmediata de dimensiones similares. La prioridad, explica, debe ser estudiar los sitios susceptibles, identificar las rutas que podría seguir el agua o el material desprendido y desarrollar medidas que permitan reaccionar a tiempo.
“Que exista el peligro no quiere decir que va a ser un evento de esa magnitud”, señaló Ruiz, al insistir en que el conocimiento científico debe servir para generar acciones de prevención y no para provocar miedo.
El episodio de Nepal ofrece, sin embargo, una muestra de cómo pueden combinarse diferentes factores. El colapso del glaciar y de la roca situada debajo produjo un dique natural que bloqueó temporalmente el río. El agua se acumuló durante un breve periodo y posteriormente fue liberada en una cantidad mucho mayor, aumentando la fuerza destructiva de la riada.
El cambio climático funciona como catalizador
Para los especialistas consultados, el calentamiento global no necesariamente crea todos los peligros desde cero, pero puede intensificar las condiciones que los favorecen. Ruiz describe al cambio climático como un “catalizador” porque el incremento de las temperaturas, las olas de calor y los veranos cada vez más prolongados aceleran el derretimiento de los glaciares.
Además, las precipitaciones están cambiando en algunas zonas de alta montaña. Lugares donde anteriormente buena parte del agua llegaba en forma de nieve reciben cada vez más lluvias durante determinados episodios. Esa diferencia es relevante porque el agua líquida puede acelerar la fusión del hielo y penetrar en grietas y espacios dentro de las estructuras glaciares y rocosas.
El geólogo chileno especializado en glaciología Felipe Ugalde Peralta explica que el agua también puede incrementar la presión en la base del glaciar y favorecer el deslizamiento. Al mismo tiempo, el aumento de las temperaturas contribuye a debilitar el hielo y puede afectar las rocas que sostienen grandes masas glaciares.
A este escenario se suman fenómenos climáticos de escala global como El Niño-Oscilación del Sur. Durante episodios de El Niño pueden producirse condiciones particularmente cálidas y eventos de precipitación intensa en zonas elevadas, donde en otras circunstancias las precipitaciones podrían presentarse como nieve. La combinación de lluvia en altura y temperaturas elevadas puede acelerar todavía más la pérdida de hielo.
Pero el clima no es el único factor. La geología local también puede determinar qué tan susceptible es un glaciar a desprenderse. El tipo, la disposición y las características de las rocas debajo del hielo pueden hacer que una determinada montaña sea más vulnerable que otra, incluso cuando ambas experimenten condiciones climáticas similares.
Los volcanes con glaciares representan una amenaza particular
Dentro de los Andes existe otro escenario que requiere especial atención: los volcanes que conservan hielo y nieve en sus partes altas. Cuando un volcán entra en erupción, el calor puede fundir rápidamente grandes cantidades de hielo y nieve, generando enormes volúmenes de agua que posteriormente se mezclan con rocas, cenizas y sedimentos.
Uno de los ejemplos más dramáticos ocurrió con el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia. La erupción provocó el derretimiento de nieve y hielo y desencadenó un lahar que recorrió más de 100 kilómetros. La avalancha de lodo y materiales terminó sepultando la población de Armero.
Por esta razón, Ugalde Peralta considera necesario analizar los volcanes activos que tienen glaciares desde una perspectiva de interacción glaciovolcánica. Se trata de un riesgo que atraviesa varios países andinos, entre ellos Colombia, Ecuador, Perú y Chile.
En los Andes tropicales, la situación adquiere una relevancia especial. Paola Moschella, directora de investigación en glaciares del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña de Perú (INAIGEM), advierte que esta región es particularmente vulnerable a la fusión del hielo debido al calentamiento global.
Perú concentra la mayor cantidad de glaciares tropicales del planeta, ubicados principalmente en montañas que superan los 5 mil metros de altitud. De acuerdo con la especialista, el cambio climático ya provocó el retroceso del 59 % de la superficie glaciar peruana, una transformación que incrementa la susceptibilidad de determinadas zonas.
El problema se vuelve todavía más importante porque muchas comunidades y ciudades se encuentran relativamente cerca de estos ambientes de montaña.
Los lagos glaciares pueden convertirse en una amenaza
El desprendimiento de grandes masas de hielo y roca no es el único peligro. A medida que los glaciares retroceden, pueden aparecer o crecer cuerpos de agua que quedan contenidos por hielo, sedimentos o depósitos naturales. Si alguno de esos diques se rompe, el agua puede liberarse repentinamente y producir un fenómeno conocido como GLOF, sigla en inglés de “glacial lake outburst flood”, o inundación por desbordamiento repentino de un lago glaciar.
Para Ruiz, estos eventos pueden estudiarse y cuantificarse con relativa precisión porque están relacionados con la generación y expansión de lagos provocadas por el retroceso de los glaciares. Los investigadores pueden analizar el volumen de agua acumulado, las características de los diques que la contienen y las condiciones de la cuenca situada aguas abajo.
Perú ya cuenta con una evaluación nacional que identificó 528 lagunas con riesgo de desborde. De ellas, 58 fueron clasificadas con riesgo muy alto. Esto no significa que exista una emergencia inminente en cada una, sino que presentan una combinación de condiciones que podría favorecer un evento peligroso, como pendientes pronunciadas, zonas expuestas a avalanchas y diques naturales formados por materiales poco consolidados.
Uno de los casos que genera mayor preocupación es la laguna Palcacocha, situada sobre la ciudad de Huaraz, en Áncash. El cuerpo de agua ya se desbordó en el pasado y provocó la muerte de miles de personas y la destrucción de una parte importante de la ciudad. Actualmente, la laguna ha continuado creciendo y alrededor de 27 mil personas se encuentran expuestas al peligro asociado con un eventual desbordamiento.
El monitoreo se ha convertido por ello en una herramienta fundamental. INAIGEM mantiene vigilancia en tiempo real en lagunas como Upiscocha, en Cusco; Palcacocha, en Áncash; y Gangrajanca, en Huánuco. Estos sistemas permiten detectar cuando determinadas variables superan umbrales establecidos y emitir avisos automatizados para que las autoridades puedan actuar y la población disponga de algunos minutos para ponerse a salvo.
El Huascarán mantiene una amenaza de gran magnitud
La historia peruana demuestra que los desastres glaciares no son una posibilidad exclusivamente teórica. En 1970, un terremoto provocó el desprendimiento de una enorme masa de hielo y roca del Huascarán, la montaña más alta de Perú y de los trópicos.
El hielo se derritió y aportó grandes cantidades de agua que se mezclaron con rocas y sedimentos. El resultado fue un aluvión que descendió rápidamente hacia las zonas pobladas y dejó alrededor de 6 mil muertos.
Décadas después, los estudios científicos siguen identificando sectores del Huascarán susceptibles de sufrir desprendimientos. Una investigación realizada por INAIGEM en 2020 determinó que un evento asociado con glaciares susceptibles de desprenderse podría afectar completamente a Ranrahirca y parte de Yungay, donde viven más de 11 mil personas.
Otra evaluación publicada en 2025 determinó que un desprendimiento en el pico sur podría producir un aluvión capaz de alcanzar poblaciones situadas aguas abajo en menos de 12 minutos y poner en riesgo a más de 9 mil 900 personas.
Estos tiempos muestran por qué la alerta temprana es tan importante. En un desastre de movimiento rápido, contar con horas de anticipación puede ser imposible; incluso disponer de unos cuantos minutos puede marcar la diferencia entre una evacuación exitosa y una tragedia.
Chile tiene una enorme cordillera por vigilar
Chile enfrenta desafíos similares. El país cuenta con unos 4 mil kilómetros de cordillera donde existen glaciares, aunque la capacidad para evaluar y mitigar los riesgos todavía es desigual.
Ugalde Peralta estudió la cuenca del río Volcán, en el Cajón del Maipo, una zona particularmente sensible debido a la presencia de asentamientos humanos, infraestructura hidroeléctrica, una mina de yeso, instalaciones termales y el volcán activo San José.
La investigación identificó diez glaciares con alta susceptibilidad a avalanchas de hielo, uno con posibilidad de experimentar avances súbitos, dos con potencial de desprendimientos catastróficos, siete relacionados con posibles GLOF y tres vinculados con lahares provocados por erupciones volcánicas.
El especialista ahora amplía el análisis a la zona central de Chile, donde se concentra alrededor del 4 % de los glaciares del país, pero vive cerca de la mitad de la población nacional. Entre los factores que pueden incrementar la susceptibilidad se encuentra la existencia de frentes glaciares muy pronunciados sobre pendientes importantes.
Algunos sitios identificados preliminarmente son el glaciar Juncal Norte, en la cuenca del Aconcagua, donde existe un lago de aproximadamente cinco hectáreas, y otro glaciar de la cuenca del río Juncal asociado con un lago de unas dos hectáreas. Ugalde enfatiza que estos resultados todavía deben ser estudiados con mayor profundidad.
Un caso particularmente delicado es El Morado, donde una antigua cascada de hielo desapareció como consecuencia del derretimiento y dio paso a un lago. Actualmente permanece un glaciar colgante en la parte alta del cerro y ya se han registrado avalanchas de hielo de diferentes tamaños.
Algunas han alcanzado alrededor de 50 mil metros cúbicos, una cantidad considerable, aunque muy inferior a los cientos de millones de metros cúbicos involucrados en eventos extremos como el ocurrido recientemente en Nepal.
El riesgo radica en la combinación de ambos elementos: un glaciar suspendido sobre un lago de origen glaciar. Si una masa importante de hielo se desprendiera y cayera dentro del lago, podría generar una ola capaz de superar el dique natural y desencadenar un aluvión.
Chile ya cuenta con experiencias de monitoreo que podrían servir como referencia. En Campo de Hielo Sur, Campo de Hielo Norte y la Cordillera de Darwin existen sistemas de alerta temprana para lagos represados por hielo. Los sensores permiten registrar variables como temperatura y precipitación y detectar cambios asociados con posibles vaciamientos repentinos.
Sin embargo, fuera de estas áreas todavía existe un amplio territorio que requiere mayor vigilancia, particularmente en los miles de kilómetros de cordillera donde existen glaciares y comunidades o infraestructura en las zonas bajas.
Argentina: el lago Torre concentra una de las principales preocupaciones
En Argentina, los peligros relacionados con glaciares se concentran principalmente en la Patagonia y los Andes centrales. La diferencia entre ambas regiones es importante: mientras la Patagonia concentra una mayor cantidad de lagos glaciares, los Andes centrales tienen menos cuerpos de agua de este tipo, pero también una mayor densidad de población e infraestructura.
En 2009, el lago Ventisquero Negro, en el Parque Nacional Nahuel Huapi, experimentó un vaciamiento parcial. El evento liberó enormes cantidades de agua, provocó la destrucción de un puente y obligó a evacuar personas mediante helicópteros. No hubo víctimas mortales, entre otras razones porque ocurrió durante días de tormenta y con una presencia turística relativamente baja.
El episodio dejó, sin embargo, una advertencia clara sobre lo que podría suceder si un fenómeno similar ocurriera durante la temporada de mayor afluencia turística.
Otro sitio concentra actualmente la atención de los científicos: el lago Torre, ubicado en el Parque Nacional Los Glaciares, aguas arriba de El Chaltén.
Desde que el lago se formó a finales del siglo XIX no se ha producido un gran aluvión en la zona. El escenario actual, sin embargo, es diferente. El retroceso del glaciar ha provocado que el lago aumente su volumen, mientras que la pérdida de hielo también está modificando la estabilidad de las laderas del Cerro Solo.
La montaña contiene una mezcla de sedimentos y piedras conocida como morrena. A medida que el hielo desaparece, estas laderas comienzan a desplazarse. Según Ruiz, actualmente avanzan entre cuatro y cinco metros por año.
El escenario de mayor preocupación se produciría si una masa de hielo se desprendiera junto con rocas y sedimentos y cayera dentro del lago. El impacto podría generar una ola capaz de provocar un vaciamiento súbito y afectar la cuenca situada aguas abajo.
Entre los puntos vulnerables se encuentra El Chaltén, una pequeña localidad patagónica que recibe una importante cantidad de visitantes.
Los científicos ya han evaluado el riesgo y elaborado un plan de gestión que identifica zonas seguras. En el trabajo han participado la sociedad civil, Parques Nacionales, organismos de Defensa Civil y la comunidad científica. El siguiente paso, advierte Ruiz, requiere recursos para convertir ese conocimiento en medidas concretas.
La alerta temprana puede marcar la diferencia
Una de las principales conclusiones de los especialistas es que conocer el peligro permite reducir sus consecuencias. El objetivo no consiste en impedir que los glaciares cambien, algo que no está al alcance de las comunidades locales, sino en identificar con anticipación cuáles transformaciones pueden representar una amenaza.
Los sistemas de alerta temprana cumplen precisamente esa función. Sensores, imágenes satelitales, estaciones meteorológicas y modelos de riesgo pueden ayudar a detectar cambios y establecer umbrales que activen avisos a las autoridades y a la población.
El ejemplo de Blatten, en Suiza, demuestra el potencial de estas herramientas. En 2025, el colapso de un glaciar produjo una enorme avalancha de hielo, lodo y rocas que avanzó rápidamente por la montaña y sepultó parte de la localidad. Sin embargo, las personas habían sido evacuadas previamente y no se registraron víctimas mortales.
Para los especialistas, esa experiencia muestra que la prevención puede funcionar incluso frente a fenómenos de enorme magnitud.
En los Andes, donde el calentamiento global está transformando los glaciares y favoreciendo la formación y expansión de lagos de origen glaciar, la tarea es cada vez más urgente. Pero la advertencia de los científicos también tiene otra dimensión: no todo desprendimiento terminará en una catástrofe y la existencia de un riesgo no significa que el desastre sea inevitable.
La verdadera amenaza aparece cuando un fenómeno natural potencialmente peligroso se combina con comunidades expuestas, infraestructura vulnerable y ausencia de mecanismos para reaccionar a tiempo. Por ello, estudiar los glaciares, vigilar las lagunas, elaborar mapas de peligro, establecer rutas de evacuación y financiar sistemas de alerta temprana puede ser tan importante como comprender los efectos del cambio climático.
Los glaciares de los Andes están cambiando y algunas de esas transformaciones ya tienen consecuencias visibles. La respuesta, coinciden los especialistas, no debe ser el miedo, sino la preparación. Invertir en ciencia, monitoreo y prevención puede permitir que las comunidades que viven bajo estas montañas estén preparadas para enfrentar un evento extremo antes de que ocurra.



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