Damián Ferrer Alvarado
A ver, pongamos las cartas sobre la mesa. Mientras aquí en la Ciudad de México andamos distraídos con la agenda del día a día, a miles de kilómetros de distancia, en el Gran Salón del Pueblo de Beijing, se acaba de jugar una partida de ajedrez que va a definir el rumbo económico global de los próximos meses. La esperadísima visita de Donald Trump a Xi Jinping, que concluyó este 15 de mayo, nos dejó claro que en la alta diplomacia a veces la forma es fondo, pero el fondo se queda bastante corto. Tuvimos banquetes de gala, alfombras rojas y guardias de honor espectaculares, pero a la hora de los resultados reales, la montaña terminó pariendo un ratón.
Los analistas internacionales ya la bautizaron como la «cumbre del estancamiento gestionado». Detrás de la fastuosidad en Zhongnanhai y el pintoresco recorrido por el Templo del Cielo, lo que realmente vimos fue un esfuerzo coreografiado por evitar que la sangre llegue al río, sin resolver las tensiones estructurales. Trump presumió con bombo y platillo acuerdos comerciales limitados, incluyendo la compra china de 200 aviones Boeing, soya, carne y energéticos, e incluso planteó un Board of Trade bilateral para vigilar las aguas. Sin embargo, del plato a la boca se cae la sopa: Beijing guardó un silencio cauteloso, no confirmó plenamente las cifras y los mercados reaccionaron con un bajón en los futuros de la soya. La famosa tregua comercial sigue con fecha de caducidad en el horizonte.
En el terreno puramente geopolítico, los temas más espinosos se manejaron con pincitas de cirujano:
Taiwán en la mira: Xi Jinping fue tajante al advertir que cualquier diferencia en la isla podría desatar un conflicto abierto; frente a esto, Trump optó por un silencio estratégico en tierras asiáticas, sugiriendo después que prefiere mantener el statu quo.
El factor Irán: La crisis en el Medio Oriente y el control del Estrecho de Ormuz estuvieron sobre la mesa. Ambos mandatarios coincidieron en que necesitan estabilidad para que fluya el suministro energético, pero no hubo compromisos ni mediaciones concretas. Puro diálogo de sordos bien educados.
La comitiva de Silicon Valley: Lo verdaderamente interesante fue que Trump llevó a la plana mayor de los negocios estadounidenses, con personajes como Tim Cook, Elon Musk y Jensen Huang en la delegación, buscando mejorar el tono corporativo tras meses de fricciones.
Al final, este encuentro sirvió para calmar las aguas de forma temporal y acordar que la relación bilateral se mantendrá «constructiva, estratégica y estable», pactando una próxima visita de Xi Jinping a Estados Unidos para el otoño. Básicamente, firmaron un empate técnico para ganar tiempo mientras reconfiguran sus propias economías e industrias tecnológicas.
El efecto rebote: ¿Cómo nos pega este relajo en México?
Para nosotros de este lado del charco, este estancamiento diplomático le da a México un respiro de oro. Al no haber una ruptura total que desestabilice los mercados, pero tampoco una reconciliación profunda, el fenómeno del nearshoring sigue estando plenamente vigente en nuestro tablero. Las empresas estadounidenses necesitan seguir diversificando sus cadenas de suministro lejos de Beijing por pura seguridad nacional, lo que significa que los parques industriales del Bajío y del norte del país van a seguir estando muy cotizados.
Sin embargo, no hay que echar las campanas al vuelo. El verdadero reto para el gobierno mexicano será saber navegar en este río revuelto sin quedar atrapados en el fuego cruzado de las dos potencias globales.
El escenario a corto plazo es de una tensa calma: la estabilidad pactada en Beijing mantendrá el comercio fluyendo, pero la falta de acuerdos de fondo significa que la volatilidad arancelaria regresará en cualquier momento. México tiene los meses contados de aquí a la reunión de otoño en Washington para consolidar su infraestructura y asegurar su posición estratégica; si nos quedamos cruzados de brazos viendo el juego desde la barrera, el tren del desarrollo tecnológico nos va a dejar rezagados.


