COLABORACIÓN DE MAURICIO MEJÍA PARA TIERRA MESTIZA PRODUCCIONES DEL 16 MARZO 2026
Cinco de Copas sobre as de espadas
Mauricio Mejía
Los porteros tienen una cualidad sobre el resto de la alienación del campo de futbol: siempre miran para adelante el tránsito de la pelota, México -país de sota, caballo y rey- aportó a los naipes de la cancha el primer Cinco Copas, nada casual en una nación que del tequila hace fiesta y amargura.
Los goleros -palabra que juega bajo los postes de la modernidad- observan más de lo posible. Y, en un parpadeo, les cae el gol en contra, como resaca del amanecer; amor, amargura y amanecer son tres adverbios de la misma borrachera, esa que confunde a Eros con necesidad y a la necedad con la Paloma Negra.
Cuando José Alfredo Jiménez cambió el oficio de portero por el de poeta, dejó el área chica del Oviedo a cargo de “La Tota”, joven delgado e inquieto que asumiría un papel principal en la historia del futbol mundial durante casi cuatro décadas, en la que la selección mexicana era un actor terciario de una obra dramática montada para el olvido, ese lugar en el que hasta los mariachis se hunden en la proa del Titanic del Cielito Lindo.
Carbajal debutó en el Oviedo, luego pasó al España y se hizo mundialista cuando vestía los colores de ese mundo raro al que llaman León, donde la vida vale más que la nada, aunque la nada se empeñe en galanarse de juegos de artificio.
Hoy, es frecuente que los jugadores participen en cinco Copas del Mundo: Lothar Mattaus, Lionel Messi, Rafael Márquez, Cristiano Ronaldo, Gianluigi Buffon, entre otros, lo han conseguido sin tanta pompa de primeras planas y tendencias en redes sociales. Pero mucho antes, en Inglaterra 1966, Carbajal logró la hazaña de la quintilla que le haría célebre en todo el planeta. Tenía 37 años; el segundo tiempo de la existencia era un tiro al borde de la fama y la celebridad.
Como en las canciones de José Alfredo, la vida profesional de Antonio Carbajal fue bordeando vereda; entre el corrido y la balada ranchera.
El León había sido campeón en 1948 y 1949. Entre la racha de copas y espadas, el club decidió contratar a Carbajal, quien había sido integrante de la Selección Nacional que compitió en los Juegos Olímpicos de Londres 48. (En los que, por cierto, Humberto Mariles ganó la primera medalla de oro para México, en equitación.) No jugó en ningún partido de aquel torneo, pero formó parte de los naipes para la eliminatoria del Mundial de Brasil 50.
Todo empezó en Londres; todo terminó en Londres, que para entonces era una piedra rodante en la pradera de las Satánicas Majestades.
En 1949, la Ciudad de México fue elegida para ser sede de la Copa de Norteamérica, que serviría de clasificación para el mundial brasileño. El técnico Rafael Garza Gutiérrez, “Récord”, no convocó a “La Tota” para el arco de la araña, como se llamaría al domicilio del portero ruso-soviético Lev Yashin. Eligió a Raúl Córdoba, del San Sebastián, y a Melesio Osnaya, del Asturias. México logró su pase a la fase final sin perder un partido. Pero antes del viaje a Río de Janeiro, el equipo amateur nacional perdió la medalla de oro de los Juegos Centroamericanos.
Sucedió lo que no ha dejado de pasar en el banquillo tricolor: cambiaron el técnico y el elenco. El lugar de “Récord” lo ocupó Octavio Vial; el de Osnaya, Carbajal.
Antonio –al lado de otros grandes del balompié mexicano, como Horacio Casarín, Carlos Septién, Felipe Zetter y José Antonio Roca– debutó en los mundiales el 24 de junio de 1950, en el estadio Maracaná, ante el Brasil de Barbosa, Danilo, Ademir, Maneca y Friaca, hombres del Vasco da Gama que habían venido a México en una gira en 1949. Barbosa, el portero, Friaca, Ademir y Danilo formarían parte del reparto de la “Tragedia de Maracaná” en la derrota de Brasil ante Uruguay (1-2) en aquella final de mitad de siglo.
Carbajal debutó con la mano izquierda. La lluvia de goles le cayó como nubes negras: durante el primer tiempo recibió el primero, antes del final le propinaron otros tres. Aquel 4-0 en contra sería el huapango de costumbre en la carrera del arquero nacido en la capital en junio de 1929. Cuatro días después, ante Yugoslavia, “La Tota” recibió otro póquer. Horacio Casarín anotó el único gol mexicano en aquel encuentro. Bader y Fatton anotaron los goles suizos en el último partido del torneo, el 2 de julio; México perdió 2-1 con tanto nacional de Guadalupe Velázquez.
Antonio López Herranz –técnico del Léon, equipo que se había coronado en 1952– convocó a Carbajal para el Mundial de Suiza 1954. “La Tota” se salvó de la alineación en la goleada brasileña sobre México (5-0). La víctima de la rienda suelta fue Salvador Mota, del Atlante. Carbajal regresó a la titularidad ante Francia en uno de los mejores partidos del cuadro nacional. Recibió tres goles (los verdes anotaron dos) en Ginebra; uno de ellos de los pies de uno de los más grandes futbolistas franceses: Raymond Kopa, quien ganaría tres Copas de Europa con el Real Madrid.
Carbajal, quien usaba la camiseta de su debut debajo del jersey oficial como amuleto, recibió ocho goles en el Mundial de Suecia 58: tres de Suecia, uno de País de Gales y cuatro más de Hungría. Sin embargo, estuvo en el partido en el que México consiguió su primer punto en las Copas del Mundo: el empate a uno ante Gales, el 11 de junio, en Estocolmo.
En su cuarto Mundial, el arquero indiscutible del seleccionado mexicano vivió tres actos que resumían su goleada vida: otra derrota ante Brasil (menos ofensiva: apenas 2-0, el primero de esos goles fue de Pelé), una tragedia ante España (que ganó al borde del final con tanto de Peiro) y una victoria (la primera de México) ante Checoslovaquia, en la que anotaron “Chololo” Díaz, Alfredo del Águila y Héctor Hernández (Masek acertó por los checos). Ese 7 de junio, después de la carta del triunfo, debió retirarse el guardameta del tiempo. Pero faltaba el récord: la futura memoria.
El día que dio vida a una biografía se produjo el 19 de julio de 1966, en Londres. En el Mundial de Inglaterra, México había empatado con Francia (1-1) y había perdido ante el once inglés (2-0). El arquero nacional ya era Ignacio Calderón, al que llamaban “El Cuate”. Estaba –como costumbre de paloma negra– eliminado. Faltaba un partido para la despedida. El rival era Uruguay, en el que militaba otro gran portero: Ladislao Mazurkiewicz, del Peñarol. El equipo técnico, encabezado por el legendario Ignacio Trelles (Guadalajara, 1913) decidió que en ese último tren de Londres fuera titular “La Tota”, quien seguía vistiendo los colores del León. 61 mil espectadores aplaudieron al arquero mexicano, quien adquirió un nuevo apellido: El Cinco Copas.
Carbajal sería reconocido como un emblema del futbol mexicano. Su permanencia hasta el final de su carrera en el León y su apego al romanticismo de la pelota, en el que importaba más el juego que el dinero, fueron reconocidos dentro y fuera de la cancha. Carbajal fue un gran arquero local reconocido y como el mejor de la Concacaf por la Federación Internacional de Historia y Estadística del futbol. Sin embargo, sus cinco copas en los Mundiales le mantienen en otra lista: junto con el saudí Mahamed Al-Deayea es el guardameta más goleado de la historia de las Copas del Mundo.
Pero hay una faceta todavía más cercana a la tribuna: Carbajal pareció quedarse en un estadio del futbol de veras, ese en el que los “jugadores daban el alma en cada partido”. Juego en el que la camiseta importaba y los futbolistas se rendían, sin reservas ni sofisticaciones, ante un público más noble y más sincero. Un futbol sin guantes; sin espinilleras y con balón de cuero. Con Carbajal se van los días del barro y de la estampa del ídolo de barrio. Todo mundo sabe que en el futbol el marcador es un falso relato; que siempre hubo atajadas y lances memorables que impidieron que la pelota entrara y cambiara el rumbo de los hechos, como la vida misma.
José Alfredo veía nubes y volaba bajo; Camus, la existencia. Carbajal no miró el balón cuando éste cruzaba por la imaginaria.
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