La «terapia del chisme»: ¿Hablar con los amigos realmente reduce el cortisol?

Hay una escena clásica en cualquier oficina o reunión familiar en México: un grupo de personas bajando la voz, acercando las sillas y soltando la frase mágica «¿ya supiste?». Aunque socialmente el chisme tiene una reputación cuestionable, la ciencia de la psicología evolutiva sugiere que este hábito es mucho más que simple curiosidad maliciosa. En realidad, el intercambio de información social —el nombre elegante para el chisme— ha sido una herramienta de supervivencia que, sorprendentemente, tiene efectos directos en nuestra química cerebral y en la regulación del estrés.

Cuando nos sentamos con amigos de confianza a compartir una anécdota o a desmenuzar un evento social, nuestro cuerpo experimenta una respuesta fisiológica real. El acto de «chismear» de forma recreativa y en un entorno seguro libera oxitocina, conocida como la hormona del vínculo. Esta hormona es el antídoto natural del cortisol, la sustancia que nuestro cuerpo produce cuando estamos bajo estrés constante. Al conectar emocionalmente con otros a través de una historia, el cerebro interpreta que estamos en una «tribu» segura, lo que reduce inmediatamente la sensación de alerta y ansiedad.

Desde un punto de vista evolutivo, el chisme servía para entender las reglas del grupo y saber en quién confiar. Hoy, esa función se traduce en una forma de catarsis. Al hablar de las acciones de terceros o compartir experiencias comunes, validamos nuestras propias emociones y valores. Es un mecanismo de regulación social que nos ayuda a procesar eventos complejos de la vida diaria. Cuando reímos con un amigo sobre una situación absurda que le pasó a alguien más (o a nosotros mismos), estamos liberando tensión acumulada que, de otro modo, se quedaría estancada en el cuerpo como tensión muscular o agotamiento mental.

Sin embargo, para que el chisme funcione como «terapia» y reduzca efectivamente el cortisol, existe una regla de oro: debe ser chisme de cohesión, no de destrucción. La ciencia distingue entre el intercambio de información social que genera empatía y el chisme malintencionado que busca dañar. Este último, lejos de relajarnos, puede aumentar la ansiedad y la paranoia, ya que el cerebro percibe un entorno hostil. En cambio, el chisme ligero, ese que se da entre risas y tazas de café, actúa como un masaje para el sistema nervioso, recordándonos que no estamos solos en el caos de la vida moderna.

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