Saltar al contenido
Mensaje de la Cámara de Diputados Cámara de Diputados: Tu voz y tu imagen tienen derechos. Reformas aprobadas para proteger los derechos de autor frente a la inteligencia artificial.

¿Queda tierra sin dueño en el planeta? Estos son los últimos territorios que ningún país reclama

En un mundo marcado por disputas territoriales, conflictos armados y tensiones por el control de recursos estratégicos, imaginar un lugar que no pertenezca a ningún país parece casi imposible. Sin embargo, todavía existen rincones del planeta que permanecen fuera de las reclamaciones formales de los Estados. Algunos abarcan extensiones enormes de hielo; otros son pequeñas parcelas desérticas o franjas de tierra cuya soberanía está atrapada en complejas disputas fronterizas.

La pregunta surgió a partir de una reflexión de Nigel, un oyente de la BBC, quien se preguntó qué porcentaje de la superficie terrestre no pertenece absolutamente a nadie. Para responderla, el medio consultó a Mark Cooper Jones, geógrafo y miembro del dúo británico de divulgación cartográfica Map Men, quien explicó que la respuesta depende de qué entendemos por propiedad y de si hablamos de tierra firme o de océanos.

La conclusión es llamativa: alrededor del 43% de la superficie del planeta corresponde a alta mar, donde ningún Estado ejerce soberanía territorial. En cambio, los espacios terrestres que no están reclamados por ningún país son extraordinariamente escasos y representan una fracción mínima de la superficie continental.

Alta mar: el espacio compartido por la humanidad

Aunque solemos pensar en fronteras, países y territorios cuando hablamos de soberanía, la mayor parte de la superficie de la Tierra está cubierta por agua. Por eso, para comprender cuánto espacio queda fuera de la propiedad territorial de los Estados, conviene empezar por los océanos.

De acuerdo con el derecho marítimo internacional, las aguas situadas más allá de las zonas marítimas bajo jurisdicción nacional forman parte de la alta mar. La referencia de las 200 millas náuticas, equivalentes a unos 370 kilómetros desde la costa, sirve para explicar el alcance de la zona económica exclusiva de muchos países, aunque no constituye por sí sola una frontera universal que separe aguas nacionales de aguas internacionales: las delimitaciones dependen de las reglas aplicables y, en algunos casos, de acuerdos entre Estados vecinos.

En la alta mar, ningún país puede apropiarse del océano como si fuera territorio nacional. Las actividades permitidas están sujetas a normas internacionales y contemplan, entre otras, la navegación, la pesca conforme a las regulaciones aplicables y la investigación científica marina.

Esta idea tiene antecedentes históricos en el siglo XVII, cuando el jurista neerlandés Hugo Grocio publicó Mare Liberum, expresión latina que significa «mares libres». Grocio defendía la libertad de los mares frente a las pretensiones de las potencias de su época de controlar rutas comerciales y espacios marítimos.

Su planteamiento contribuyó a desarrollar la noción de que los océanos no debían convertirse en propiedad exclusiva de un Estado. No obstante, la libertad de alta mar no significa que todas las actividades estén permitidas sin restricciones: la explotación de recursos, la protección ambiental y la conservación de especies están sujetas a distintos acuerdos y obligaciones internacionales.

Así, una parte considerable del planeta permanece fuera de la soberanía territorial de cualquier país, pero eso no equivale a un espacio sin reglas. En el océano, la ausencia de propiedad nacional convive con un sistema jurídico destinado a regular su uso.

Tierra de Marie Byrd: el enorme territorio sin reclamaciones en la Antártida

En tierra firme, uno de los casos más notables se encuentra en la Antártida. Se trata de la Tierra de Marie Byrd, una región de aproximadamente 1.6 millones de kilómetros cuadrados que ningún país ha reclamado formalmente.

Su nombre recuerda a Marie Byrd, esposa del explorador y oficial naval estadounidense Richard E. Byrd. Durante las expediciones antárticas del siglo XX, el explorador bautizó la región en honor a su esposa, mientras recorría uno de los entornos más aislados y difíciles de alcanzar del planeta.

La ubicación ayuda a explicar por qué el territorio permanece sin reclamaciones. Se encuentra en una zona extremadamente remota de la Antártida occidental, lejos de los principales centros de actividad humana y con condiciones climáticas que dificultan el acceso, la exploración y el establecimiento de asentamientos permanentes.

Sin embargo, el aislamiento no es la única razón por la que esta región continúa fuera de las reclamaciones territoriales. También influye el régimen internacional que gobierna la Antártida.

El Tratado Antártico, firmado en 1959 y vigente desde 1961, establece que el continente debe utilizarse con fines pacíficos y promueve la cooperación científica. Además, mantiene en suspenso las disputas sobre las reclamaciones territoriales existentes: mientras el tratado permanezca vigente, no permite que se presenten nuevas reclamaciones ni que se amplíen las anteriores.

Siete países habían formulado reclamaciones territoriales sobre distintas partes del continente: Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido. Estados Unidos y Rusia, por su parte, mantienen posiciones que les permiten reservarse una posible reclamación futura, sin que ello signifique que hayan reclamado formalmente la Tierra de Marie Byrd.

La región tampoco debe confundirse con un territorio disponible para que cualquier persona pueda apropiárselo. Aunque ningún Estado la reclama, está sujeta al sistema del Tratado Antártico y a las normas internacionales que rigen las actividades en el continente.

Su futuro, además, está vinculado a los cambios ambientales y a la posible importancia estratégica de la Antártida. El calentamiento global, la evolución de las capas de hielo y el interés por los recursos naturales hacen que el continente siga siendo relevante para la política internacional, aunque no existe una certeza de que estos factores vayan a desencadenar una disputa específica por esta región.

Bir Tawil: el territorio que Egipto y Sudán prefieren no reclamar

Fuera de la Antártida, uno de los ejemplos más conocidos de tierra sin una reclamación estatal efectiva es Bir Tawil, una región desértica situada entre Egipto y Sudán.

Su situación se originó en dos delimitaciones fronterizas trazadas durante el dominio británico. En 1899 se estableció una frontera política entre Egipto y Sudán, mientras que en 1902 las autoridades británicas definieron una línea administrativa diferente para atender las particularidades de las comunidades y las condiciones locales.

Las dos líneas no coinciden. Entre ellas quedó el triángulo de Hala’ib, un territorio costero de mayor importancia estratégica y económica, y Bir Tawil, una región interior más pequeña y desértica.

El problema es que Egipto y Sudán sostienen interpretaciones distintas sobre cuál de las dos fronteras debe prevalecer. Según la línea que defiende cada país, Hala’ib quedaría bajo su soberanía. Como ambos mantienen sus respectivas reclamaciones sobre ese territorio, aceptar la otra delimitación podría debilitar su posición.

La consecuencia es una paradoja geopolítica: ambos países reclaman Hala’ib, pero ninguno reivindica Bir Tawil, pues hacerlo podría perjudicar su postura sobre el territorio más disputado.

Esta situación ha convertido a Bir Tawil en uno de los ejemplos contemporáneos más citados de terra nullius, expresión latina que significa «tierra de nadie». Sin embargo, que un territorio no sea reclamado por un Estado no significa que una persona pueda convertirse automáticamente en su soberano mediante una ceremonia simbólica.

En 2014, el estadounidense Jeremiah Heaton viajó a la región, colocó una bandera y anunció que había fundado un nuevo reino para que su hija pudiera convertirse en princesa. La iniciativa recibió atención mediática, pero no obtuvo reconocimiento internacional como Estado.

El episodio ilustra la diferencia entre proclamar una soberanía y conseguir que esta sea reconocida conforme al derecho internacional. Plantar una bandera o declarar la independencia no basta para crear un país reconocido por otras naciones.

Gornja Siga y Liberland: una disputa fronteriza en Europa

Otra situación peculiar se encuentra en Europa, entre Croacia y Serbia. Allí está Gornja Siga, una franja de tierra cercana al río Danubio cuya soberanía se encuentra vinculada a una antigua discrepancia sobre el trazado de la frontera.

El problema tiene raíces históricas. Cuando se definieron los límites administrativos de las repúblicas que integraban la antigua Yugoslavia, se utilizaron referencias cartográficas que no siempre reflejaban las modificaciones posteriores del cauce del Danubio.

El río había cambiado con el tiempo y también había sido objeto de obras para facilitar la navegación. Como resultado, la línea fronteriza basada en los mapas antiguos no coincide necesariamente con el curso actual del agua.

Croacia sostiene que la frontera debe seguir el trazado histórico reflejado en los registros catastrales, mientras que Serbia defiende una delimitación relacionada con el curso actual del río. Estas posiciones producen diferencias sobre qué territorios corresponden a cada país.

Gornja Siga quedó en una zona que ninguno de los dos Estados reclama de la misma manera que otros sectores disputados. Su situación llamó la atención internacional en 2015, cuando el político checo Vít Jedlička anunció la creación de Liberland, una micronación autoproclamada de inspiración libertaria.

Jedlička se proclamó presidente del proyecto y promovió la concesión de ciudadanías a personas interesadas en formar parte de la iniciativa. Sus impulsores sostienen que el territorio reúne las condiciones para constituir un Estado, pero esa afirmación no cuenta con reconocimiento internacional generalizado.

La Convención de Montevideo de 1933 suele citarse en este debate porque establece cuatro criterios tradicionales para identificar a un Estado: población permanente, territorio definido, gobierno y capacidad para entablar relaciones con otros Estados. Sin embargo, cumplir o alegar que se cumplen estos criterios no garantiza por sí solo el reconocimiento internacional, y la aplicación de los principios jurídicos a un territorio disputado puede ser compleja.

Además, Liberland enfrenta obstáculos prácticos. El acceso a Gornja Siga está sujeto a controles fronterizos de Croacia, y los intentos de establecer asentamientos permanentes han encontrado restricciones por parte de las autoridades croatas. Por ello, la micronación mantiene una presencia principalmente simbólica y digital, sin que su proclamación haya transformado la situación jurídica del territorio.

El caso demuestra que incluso en una región densamente poblada y rodeada de países plenamente establecidos pueden surgir espacios cuya soberanía resulta difícil de resolver. No obstante, la falta de una reclamación clara no convierte automáticamente a esos lugares en nuevos Estados.

¿Cuánta tierra queda realmente sin dueño?

La respuesta depende de qué se considere «pertenecer» a alguien. Si se incluyen las aguas internacionales, la superficie del planeta que no está sometida a la soberanía territorial de un país es enorme: la alta mar representa alrededor del 43% del total, según estimaciones citadas por el Foro Económico Mundial.

Pero si la pregunta se limita a la tierra firme que ningún Estado reclama, el panorama cambia por completo. La Tierra de Marie Byrd constituye la excepción de mayor extensión, mientras que Bir Tawil y Gornja Siga son ejemplos mucho más pequeños y complejos, con situaciones jurídicas y políticas distintas.

Tampoco debe confundirse la ausencia de soberanía estatal con la ausencia de habitantes, derechos o regulaciones. La historia de la expresión terra nullius muestra que el concepto fue utilizado durante la expansión colonial para justificar apropiaciones de territorios habitados por pueblos cuyas formas de organización política no eran reconocidas por las potencias colonizadoras. Por ello, su uso histórico está ligado a despojos y controversias, y no puede reducirse a la idea de un espacio vacío que cualquiera tiene derecho a ocupar.

En la actualidad, encontrar un lugar sin dueño no es tan sencillo como localizar un área en blanco en un mapa. La soberanía, los derechos de las comunidades, los tratados internacionales y las disputas fronterizas forman una red de factores que determina el estatus de cada territorio.

El planeta todavía conserva espacios que no pertenecen formalmente a ningún Estado, pero son mucho menos numerosos de lo que podría imaginarse. Y aunque la idea de una tierra libre de fronteras resulte fascinante, la realidad demuestra que incluso los últimos rincones sin reclamaciones están condicionados por la historia, la geografía y el derecho internacional.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *