Tesoros arqueológicos poco visitados: más allá de Teotihuacán y Chichén Itzá

Cuando se piensa en zonas arqueológicas de México, los nombres de Teotihuacán y Chichén Itzá suelen monopolizar la conversación. Son sitios monumentales, de fácil acceso y enorme carga simbólica, pero su popularidad también los ha convertido en espacios saturados, donde a veces la experiencia queda diluida entre multitudes. Sin embargo, el país resguarda decenas de ciudades prehispánicas menos visitadas que ofrecen una relación más íntima con el pasado, el paisaje y el silencio. Lugares como Calakmul, en lo profundo de la selva campechana, o Cantona, en el altiplano poblano, revelan otras formas de entender la grandeza de las civilizaciones antiguas.

Calakmul no se descubre de golpe, se alcanza. El trayecto hacia esta antigua ciudad maya forma parte esencial de la experiencia. Ubicada dentro de la Reserva de la Biosfera de Calakmul, al sur de Campeche, la zona arqueológica se encuentra rodeada por una de las selvas tropicales más extensas y mejor conservadas de Mesoamérica. El camino de acceso, largo y silencioso, va introduciendo al visitante en un entorno donde la naturaleza sigue siendo protagonista. No es raro ver monos aulladores, pavos o incluso rastros de jaguar antes de llegar a las ruinas.

La ciudad fue una de las más poderosas del mundo maya clásico y rival directa de Tikal. Sus estructuras monumentales emergen entre la vegetación como montañas de piedra cubiertas de verde. Subir a la Estructura II, una de las pirámides más altas del mundo maya, es una experiencia que mezcla esfuerzo físico y asombro: desde la cima, el horizonte es una alfombra infinita de selva, interrumpida solo por las copas de otros templos. La ausencia de grandes multitudes permite recorrer plazas, estelas y calzadas con una sensación de descubrimiento genuino, casi personal.

Cantona, en cambio, ofrece un contraste radical. Situada entre Puebla y Veracruz, esta ciudad prehispánica se extiende sobre un paisaje árido y volcánico, lejos de la selva y de los clichés visuales asociados a Mesoamérica. Cantona fue una ciudad fortificada y profundamente planificada, famosa por su compleja red de calles, patios y plazas interconectadas que le dan un carácter laberíntico. Caminar por ella es perder la noción de un centro claro: los espacios se suceden uno tras otro, obligando al visitante a orientarse de forma intuitiva, como lo habrían hecho sus antiguos habitantes.

A diferencia de otras ciudades mesoamericanas dominadas por grandes pirámides centrales, Cantona se define por su traza urbana. Sus más de 3 mil patios y numerosos juegos de pelota hablan de una sociedad organizada, con un fuerte control del espacio y de la vida comunitaria. El recorrido es exigente, tanto por la extensión del sitio como por el terreno irregular, pero la recompensa es una experiencia arqueológica distinta, donde el protagonismo no está en una sola estructura, sino en la ciudad como sistema.

Visitar estos sitios menos concurridos transforma la relación con el patrimonio. No hay prisas ni rutas rígidas, y el entorno natural se integra de manera orgánica al recorrido. Además, estos lugares suelen estar ligados a comunidades que dependen del turismo cultural, por lo que una visita consciente contribuye a su preservación y desarrollo local.

Más allá de los grandes íconos, México ofrece ciudades antiguas que aún conservan el poder de sorprender en silencio. Calakmul y Cantona no buscan deslumbrar con la fama, sino con la experiencia profunda de caminar entre ruinas que todavía dialogan con el paisaje. Son recordatorios de que la historia no siempre se encuentra en los lugares más visitados, sino en aquellos que exigen tiempo, curiosidad y disposición para mirar más allá de lo evidente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *