Por Bruno Cortés
¡Vaya numerito el que nos está tocando bailar! Si usted siente que la quincena se le esfuma antes de tocar la cartera, no es el único ni se lo está imaginando. La realidad es que la llamada «clase media» en México está viviendo una tormenta perfecta que, aunque no sale en las mañaneras, se siente clarito a la hora de pagar en la caja del súper. Arrancamos este 2026 con un dato que cala: aunque la inflación general dice rondar el 3.8%, la canasta alimentaria urbana decidió irse por la libre y subió un 5.1% en enero. O sea, comer sale más caro que todo lo demás.
Para ser claros y dejarnos de rodeos: según los últimos datos del mercado, una familia de cuatro integrantes necesita ingresar al menos 27 mil pesos mensuales para mantener ese estatus de «clase media». Pero aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Ese dinero, que en el papel suena decente, en la práctica se vuelve sal y agua. Las familias están atrapadas en una «doble tributación» de facto: pagan impuestos por servicios públicos que no usan —porque están saturados o deficientes— y terminan soltando el billete por colegiaturas, seguros de gastos médicos y seguridad privada.
Y hablando del «golpe al estómago», el índice de la garnacha y la comida corrida no perdona. El INEGI nos soltó la sopa: comer fuera de casa subió más del 7% anual al arranque de este año. Para el godínez promedio que trabaja en Santa Fe o Reforma y no puede regresar a casa a comer, esto es un descontón directo a la nómina. Si a eso le sumamos que el bistec de res subió un 17% y la leche un 10%, el desayuno de los chamacos ya se convirtió en artículo de lujo.
Pero no solo de pan vive (o sufre) el hombre. El otro gran dolor de cabeza que tiene a la ciudadanía con el Jesús en la boca es la inseguridad. Cerramos el 2025 con una percepción de inseguridad del 63.8% a nivel nacional. Y ojo, que en ciudades satélite del Valle de México, como nuestro vecino Ecatepec o Naucalpan, la cosa está color de hormiga, con cifras que rozan el 88%. No es solo «miedo», es un impuesto a la tranquilidad: gastar en alarmas, evitar salir de noche o pagar taxis de aplicación porque el transporte público es una ruleta rusa.
Aquí en la capital, el fenómeno tiene su propio sabor agridulce. La gentrificación en colonias céntricas ha empujado a muchos a las periferias, donde las rentas son pagables pero la calidad de vida se cobra en horas de tráfico. El capitalino promedio está haciendo circo, maroma y teatro para mantener un estilo de vida que hace una década era estándar y hoy parece privilegio. Esa «frustración económica» de la que tanto se habla en redes no es bot, es el padre de familia viendo cómo el seguro del auto subió un 20% de un jalón.
Lo más irónico del asunto es el discurso oficial. Se nos dice que «vamos bien», que el peso aguanta y que la inversión llega, pero eso no se refleja en el carrito del supermercado. Hay una desconexión brutal entre la macroeconomía —esa de los grandes titulares financieros— y la microeconomía de la señora que tiene que decidir si compra la marca buena de leche o la fórmula láctea porque hay que pagar la inscripción de la escuela.
Expertos en economía conductual ya le han puesto nombre al fenómeno: la «clase media exprimida» (squeezed middle). Es este sector que es demasiado «rico» para recibir subsidios gubernamentales, pero demasiado «pobre» para soportar los embates del mercado sin endeudarse. Las tarjetas de crédito están topadas no por viajes a Europa, sino por financiar el súper de la semana o la emergencia médica.
De cara a lo que resta del 2026, el panorama exige prudencia. No se espera que los precios bajen —eso en economía casi nunca pasa, a lo mucho suben más lento—, por lo que la estrategia familiar debe cambiar. Ya no se trata de «ahorrar», sino de defender el poder adquisitivo con uñas y dientes. Buscar ofertas, cancelar suscripciones hormiga y blindar el patrimonio se ha vuelto el deporte nacional.
Al final del día, el mexicano es bravo y resiliente, pero hasta la liga más fuerte se rompe si se estira demasiado. La exigencia es clara: se necesita una estrategia de seguridad que funcione más allá del papel y medidas económicas que alivien la carga de quienes, con su trabajo y consumo, mueven gran parte de la economía nacional. Porque como dicen en mi barrio: mucho ruido y pocas nueces, y el bolsillo ya no aguanta más atole con el dedo.