El acoso laboral, también conocido como mobbing o bullying en el trabajo, no siempre es evidente. No suele presentarse como un grito o una amenaza directa, sino como una suma de conductas pequeñas, repetidas y normalizadas que terminan desgastando a quien las vive. En la oficina mexicana, donde el “aguántate”, el humor pesado o la jerarquía rígida suelen justificarse como parte de la cultura laboral, identificar el problema puede ser el primer gran reto.
El bullying laboral se caracteriza por la repetición y la intención de minar. Puede venir de un jefe, de un compañero o incluso de un grupo. Comentarios constantes que ridiculizan, exclusión de reuniones importantes, sobrecarga de trabajo injustificada, correcciones públicas, difusión de rumores o el uso del silencio como castigo son algunas de sus formas más comunes. A diferencia de un conflicto ocasional, el acoso se mantiene en el tiempo y genera un desequilibrio de poder, real o percibido, que deja a la persona afectada en desventaja.
Las consecuencias no se quedan en la oficina. Estrés crónico, ansiedad, problemas de sueño, baja autoestima y síntomas físicos como dolores de cabeza o gastrointestinales son frecuentes en quienes lo padecen. La productividad cae, pero no por falta de capacidad, sino por el desgaste emocional constante. Aun así, muchas personas dudan en nombrarlo como acoso por miedo a parecer “conflictivas” o “poco profesionales”.
Identificarlo implica observar patrones. No se trata de un mal día ni de una crítica puntual, sino de una conducta sistemática que te hace dudar de tu valor, temer cometer errores mínimos o sentir alivio cuando esa persona no está presente. Si el trato cambia solo contigo o con un grupo específico, y no hay razones objetivas relacionadas con el desempeño, es una señal de alerta.
Enfrentarlo no significa confrontar impulsivamente. El primer paso es documentar. Anotar fechas, situaciones, testigos y efectos concretos ayuda a darle forma a algo que muchas veces se siente difuso. Guardar correos, mensajes o instrucciones contradictorias puede ser clave si más adelante se necesita respaldo. También es importante hablarlo con alguien de confianza para contrastar la percepción y evitar el aislamiento, una de las armas más comunes del acoso.
Cuando es posible, establecer límites claros y profesionales puede frenar ciertas conductas. Responder con firmeza, sin agresión, y dejar constancia de acuerdos por escrito reduce los espacios para la manipulación. En contextos donde existe un área de recursos humanos o canales formales, acudir con información concreta —no solo con sensaciones— aumenta las probabilidades de ser escuchado.
Sin embargo, también es importante reconocer que no todos los entornos responden igual. Si la empresa minimiza el problema, protege al agresor o normaliza la violencia, cuidar la salud mental se vuelve prioritario. Buscar apoyo psicológico, asesoría legal o incluso replantearse la permanencia en ese espacio no es una derrota, sino una forma de autocuidado.
El bullying laboral no es parte natural del trabajo ni una prueba de carácter. Identificarlo y enfrentarlo implica romper con la idea de que el maltrato es el precio a pagar por un sueldo o una carrera. Un ambiente laboral sano no es un lujo: es una condición básica para trabajar, crecer y vivir mejor.














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