Vamos a España

 

Los Demonios del Poder

Vamos a España

Carlos Lara Moreno

Claudia Sheinbaum Pardo viajará a Barcelona, España, para participar en una reunión con presidentes y líderes de naciones progresistas. El hecho, en apariencia, es parte natural de la agenda internacional de cualquier jefa de Estado: construir alianzas, fortalecer relaciones, intercambiar posiciones comunes y colocar a México en una conversación global. Nada extraño. Nada fuera del libreto diplomático. Sin embargo, en política nunca existe el vacío. El lugar importa. El momento importa. Y los antecedentes pesan más de lo que muchos quisieran admitir.

Porque la cita no será en cualquier país. Será en España. La misma nación colocada durante años en el centro de una narrativa histórica impulsada desde Palacio Nacional, basada en la exigencia de una disculpa por los agravios cometidos durante la Conquista y el largo periodo colonial. La misma España señalada como deudora moral frente a los pueblos originarios de México. La misma monarquía convertida en símbolo de una herida que, se dijo, seguía abierta.

Esa ruta política no comenzó con Sheinbaum. Tiene nombre y apellido: Andrés Manuel López Obrador. Fue él quien colocó el tema en el centro del debate público al enviar una carta a la Corona española y al Vaticano para solicitar un acto de reconocimiento y perdón por los abusos del pasado. El movimiento fue audaz, polémico y profundamente calculado. No solo reabrió una discusión histórica, también consolidó una narrativa interna: México ya no se subordinaba a nadie, ni siquiera al antiguo poder imperial.

López Obrador entendió algo esencial: la historia también da votos. La memoria puede convertirse en bandera. El pasado sirve para ordenar el presente y para construir identidad política. En esa lógica, la exigencia de disculpas no era únicamente una causa moral; era también una herramienta narrativa para conectar con sectores agraviados, para confrontar élites tradicionales y para reforzar la idea de una transformación que corregía siglos de injusticia.

Por eso la visita de Sheinbaum a Barcelona tiene una carga simbólica inevitable. No se trata de cuestionar la pertinencia del viaje. México necesita presencia internacional, interlocución y alianzas. Lo que genera ruido es la tensión entre el discurso heredado y la práctica actual. Porque mientras la retórica de los años recientes hablaba de agravios no resueltos, la realidad política obliga hoy a sentarse en la misma mesa, posar para la foto y hablar de futuro con quienes ayer eran presentados como responsables de una deuda histórica pendiente.

No es contradicción nueva. Es la vieja regla del poder. Los gobiernos suelen hablar en términos absolutos cuando están en campaña o cuando buscan cohesión interna, pero gobiernan en términos relativos cuando enfrentan la complejidad del mundo real. Una cosa es la plaza pública y otra la mesa de negociación. Una cosa es el mitin y otra la diplomacia.

Sheinbaum parece entenderlo. Su estilo apunta menos al choque verbal y más al pragmatismo técnico. Menos confrontación ideológica, más administración política. Menos símbolos incendiarios, más cálculo estratégico. No significa ruptura total con el obradorismo, sino adaptación. La presidenta sabe que el escenario internacional no se mueve por consignas, sino por intereses compartidos, correlaciones de fuerza y necesidades mutuas.

Y ahí emerge otro demonio del poder: la utilidad selectiva de los principios. Cuando conviene, la memoria se invoca con solemnidad. Cuando estorba, se archiva temporalmente. Cuando sirve para cohesionar, se eleva a causa nacional. Cuando complica alianzas, se convierte en tema para después. Así funciona el poder en todas las latitudes y bajo casi todas las ideologías.

Barcelona será entonces mucho más que una sede diplomática. Será el escenario donde se pondrá a prueba la capacidad del nuevo gobierno para administrar una herencia narrativa poderosa sin quedar atrapado en ella. Sheinbaum necesita continuidad con López Obrador, pero también margen propio. Necesita honrar el relato fundacional de la llamada Cuarta Transformación, pero sin cerrarse puertas en el exterior. Necesita lealtad interna y flexibilidad externa. No es tarea sencilla.

También habrá que observar la lectura doméstica. Para los sectores más convencidos del obradorismo duro, cualquier gesto de normalización con España puede interpretarse como tibieza. Para los sectores moderados y empresariales, en cambio, puede verse como señal de madurez y estabilidad. La presidenta gobierna entre esas dos presiones: la fidelidad al movimiento que la llevó al poder y la necesidad de ampliar su base política más allá de los fieles.

En el fondo, la discusión rebasa a España. Habla de cómo los gobiernos usan la historia. Habla de la facilidad con la que las causas nobles pueden convertirse en instrumentos coyunturales. Habla de la distancia entre las banderas simbólicas y las decisiones concretas. Habla, en suma, de la naturaleza humana cuando administra poder.

¿Debe México renunciar a exigir memoria histórica? No necesariamente. ¿Debe encerrarse en agravios eternos y cancelar toda relación útil? Tampoco. Entre la dignidad y el pragmatismo existe una ruta posible. El problema comienza cuando una de las dos se usa solo como disfraz de la otra.

Claudia Sheinbaum irá a Barcelona a hablar del porvenir con líderes progresistas. Y mientras eso ocurra, la pregunta seguirá flotando sobre la mesa: ¿la exigencia de justicia histórica era una convicción profunda de Estado o una herramienta política de temporada?

Los Demonios del Poder nunca responden. Solo cambian de discurso.

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