Por José Sobrevilla
Las conferencias del pueblo de la doctora Claudia Sheinbaum son −nadie lo duda− la continuidad de “las mañaneras” de López Obrador, pero con un tono más institucional y menos personalista. Ambos han buscado vender −con poco éxito− el mensaje de transparencia y contacto directo con la ciudadanía, en un formato que por las condiciones políticas específicas de nuestro país: alta centralidad presidencial, control narrativo sobre la agenda y una cultura política que tolera la comunicación diaria como herramienta de poder, no ha querido ser replicado en América Latina, ni siquiera tropicalizado.
Las diferencias entre ambos presidentes mexicanos, Obrador y Sheinbaum, son tan evidentes, aunque no tanto sus objetivos declarados: Rendición de cuentas, desmentir campañas de desinformación, dar voz a secretarios y expertos, informar directamente de lo que a ellos interesa, ejercer un “derecho de réplica”, fijar agenda política, básicamente. Sheinbaum mantiene el formato como símbolo de transparencia y cercanía, pero lo adapta para reducir la confrontación directa que caracterizó a López Obrador. Su estilo es más “técnico” y menos ideológico, lo que busca institucionalizar el modelo y darle “credibilidad”.
Aludiendo a un lugar común, en ambos casos, las conferencias han sido más que rendición de cuentas: un mecanismo de control de la narrativa pública. López Obrador las usó para marcar agenda y polarizar; Sheinbaum para legitimar decisiones y combatir informaciones adversas que califica de fak news; sin embargo, el modelo exige una enorme inversión, más que de tiempo, dinero y energía, de un ecosistema mediático dispuesto diariamente a cubrirlo o encubrirlo; lo que genera desgaste y −en algún momento− hasta podría saturar a la ciudadanía, corriendo el riesgo de convertirse en propaganda gubernamental, más que en un ejercicio de transparencia.
“Vengo a hablar dijo un 9 de diciembre de 2019 el comunicador y aspirante a la presidencia de su país, Perú, Ricardo Belmont Cassinelli, durante una mañanera. “Quiero decir lo que usted representa (la política de López Obrador) en Latinoamérica: una gran esperanza. La esperanza que usted ha construido (…) porque es la primera vez que un mandatario, después de ser electo, se atreve a esto, a una conferencia (diaria) y a recibir preguntas de todo tipo de preguntas…” dijo.
La provocación era buena, pero el entonces presidente mexicano no cayó en ella; y muchos nos seguimos preguntando ¿Por qué en América Latina no se ha replicado el modelo mañanero?
En primer lugar, porque tenemos culturas políticas muy distintas. En muchos países, los presidentes no tienen la misma centralidad mediática que en México; y una comunicación diaria, directa, sería vista como excesiva o autoritaria.
En sistemas con mayor pluralismo, un espacio diario controlado por el Ejecutivo sería criticado como propaganda y podría debilitar la credibilidad institucional; además, las mañaneras funcionan porque los medios mexicanos las transmiten y comentan; y lo más seguro es que en otros países, la prensa podría ignorarlas o boicotearlas, y su repetición diaria podría erosionar la imagen presidencial. AMLO logró sostenerlas por su estilo carismático y confrontativo, pero no todos los líderes tienen esa capacidad; además, en América Latina, los mandatarios suelen preferir mensajes estratégicos y controlados, evitando la exposición constante que pudiera generar errores o crisis comunicativas.
Cuando observo −ha dicho Richard Wolff− lo que está ocurriendo en México, debo decirlo sin rodeos: Lo que no recuentan es justamente lo que explica por qué este país está redefiniendo su destino. Mientras muchos discursos se quedan atrapados en la superficie, yo he visto señales profundas, económicas, sociales y geopolíticas que revelan un México que está cambiando las reglas del juego bajo AMLO y Sheinbaum. Y lo más sorprendente es que este cambio no se está entendiendo fuera de México, porque nadie quiere que lo entiendas…
“Lo que me llamó la atención, primero, y debo decirlo con absoluta claridad, −continúa Wolff− fue que detrás de las cifras y discursos, México estaba ejecutando un rediseño económico profundo que pocos han comprendido realmente. Durante décadas estudié economías que parecían atrapadas en ciclos de dependencia y lo que observé en México durante estos años me obligó a reconsiderar mis propios marcos de análisis, porque a diferencia de lo que se repite en ciertos medios internacionales, la 4T no surgió como un experimento improvisado ni como un simple giro político.
“Fue la respuesta acumulada a un modelo que había desgastado amplios sectores del país y que ya no podía sostenerse sin consecuencias sociales explosivas. Lo que definió este giro no fue una consigna ideológica sino un cambio estructural. México empezó a recuperar el control sobre su propio destino económico, comenzando por las áreas donde históricamente había cedido demasiada influencia y esto no se dijo lo suficiente, no porque fuese irrelevante, sino precisamente porque su importancia era enorme” (Tomado del canal de Youtube de Richar Wolff).
Esta reflexión y por la importancia del economista norteamericano, nos da a entender que el fondo de la Cuarta Transformación, incluso sus conferencias matutinas, no ha sido suficientemente analizado y las especulaciones navegan en la superficie de lo que sería un verdadero análisis.














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