El Mundial de las Glorias de Modesta

Mauricio Mejía

Dos cosas caracterizan a los apóstoles de la Cuarta Transformación: les gusta el dinero, y les gusta solamente para ellos.

Mal hace el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en escatimar -de la manera más tacaña y cicatera- el gasto económico y político en la promoción de la tercera sede mundialista de México.

Siguiendo los monederos falsos de su antecesor, hágase la austeridad franciscana en las porterías de mis vecinos, la actual voz cantante de la transmutación de la administración pública ha decidido no invertir -o hacerlo de la manera más barata posible- en promover al país como anfitrión de el certamen más importante del calendario del deporte.

Simplemente, el Mundial 2026 no se siente en las calles, en los parques, en los sitios turísticos, en los aeropuertos -estas ruinas que ves-, en las grandes avenidas, en los anuncios exteriores, en los de radio y televisión, en los cines, en los carteles urbanos, en las romerías, en las plazas, en los parques, en el metro y las estaciones de autobuses, en las misceláneas de barrio, en los bares, en los museos -de tanto prestigio internacional-, en los centros comerciales… vamos, no emociona ni los estadios, en las canchas callejeras y llaneras de futbol de cinco, de siete, de once…

Ciudad de México es tan ajena a la euforia de la fiesta del balompié como Tegucigalpa, Puerto Príncipe o Managua; como Tiblisi, Bucarest o Sofía; como Dacca, Hanói o Colombo; como Camberra, Wellington o Yakarta. Tan impropia para el banquete del balón como Casas Grandes, Tapachula o San Luis Río Colorado; Coatzacoalcos, Topolobampo o Champotón.

México, famoso internacionalmente por su festividad, parece recibir el encargo del agasajo mundialista poniéndole más agua a los frijoles y pidiendo pulque a las Glorias de Modesta, como en la clásica canción de Chava Flores.

La austeridad -real y ficticia- no da para más.

La presidenta se ahorra todo, hasta la barbacoa, con tal de salir del apuro de una celebración que heredó por un deporte que apenas le apetece. Tan insignificante le parece que no asistirá a la ceremonia de inauguración del torneo, programada para el 11 de junio en el Patrimonio Cultural de la Humanidad: el estadio Azteca, el primero -¡nada más¡- en albergar tres veces partidos inaugurales de las Copas del Mundo.

No estamos para gastos, parece decir la presidenta, como ama de casa que quiere evadir el jolgorio quinceñero de la hija menor, a la que le tocaron los tiempos rulfonianos de “es que somos muy pobres”. Busca chambelanes en la Escandón; y si bailan gratis, mejor. Sheinbaum actúa más como alcaldesa -cargo que ocupó- que como jefa de Estado. “Pues les damos poquito a los poquitos invitados”, parece proponer a su gabinete. “Tortillitas, salsita y unos pollitos rostizados de la esquina”.

El Mundial convertido en fiestón de la flor más bella del ejido; en fiesta de Espergencia.

Claudia no entiende -o no le importa entender; más grave aún- que los festivales -desde el pueblo más remoto, hasta las grande urbes- sirven, entre otras cosas, para la sana evasión de los horrores de la cotidianidad. Así ha sido y así será; aquí, allá y acullá.

Y vaya que este país sabe de horrores, y de errores: una grave crisis económica -basta comprar un gansito con chesco de naranja-, una peligrosísima inseguridad pública (de muertos y desaparecidos están llenos caminos a los panteones y a los teuchitlanes) y un desánimo social pocas veces visto (polarización, desaliento ante las trampas de una clase política codiciosa y corruptísima; además de una chabacana y vulgar carencia de financiamiento a la salud, al deporte, a la cultura, a la competitividad científica y de innovación). Aun así, la presidenta regatea -que no regata-, como compradora de tianguis, los recursos para vestir a México de gala para la ocasión. Porque, además, el nuestro es un país de primordial importancia en la historia universal. Lo confirman los miles de trabajos extranjeros sobre la cultura prehispánica y novohispana.

También a los apóstoles de la Cuarta Transformación les gusta la incongruencia. Les gusta lo poco, mientras lo poco sea para los otros.

Porque las marcas los enloquecen. También las camionetas de lujo; los cubiertos de oro y plata; las chamarras de venado del Himalaya; las zapatillas de pony del Tibet; las ostras de Nueva Zelanda; el caviar del báltico y los relojes del norte de Zúrich. Desde luego que no conocen ni el Himalaya, ni el Báltico, ni el norte de Zúrich. Cuando encuentren tales sitios en su tabletas o celulares de la “aimanzana” irán a comprar souvenirs para subir, luego, las fotografías de sus nuevas adquisiciones en Facebook, en Instagram o TikTok, que también se les da a los que abandonan la austeridad hasta que viajan en primera clase de los vuelos comerciales; Twitter no es lo suyo; se sabe.

México 70, México 86, como Italia 90, Alemania 2006 o Sudáfrica 2010 fueron fiestas desde muchos meses antes que se jugara el partido inicial de sus torneos. Hubo verbenas, exposiciones, conciertos, campañas turísticas, simposios musicales, literarios y culinarios para que el mundo se enterara del poder cultural, social y emocional de sus naciones. Las Copas del Mundo son las mejores campañas publicitarias que tienen los gobiernos para “presumir” la fortaleza espiritual de una nación.

Claudia Sheimbaum sigue apostando a lo contrario: al Callejón del Cuajo, a Macuspana, a los tamalitos de chipilín, al champurrado de pinole y al taco placero para alagar a los comensales que pasen a ésta, su pobre casa. Pichicata, la presidenta, hasta para la pobreza.

Valdría recuperarle un recetario muy mexicano dejado en el cajón bajo de la estufa de barro que tanto le gusta a ella; tan científica.

México es el mundo. Una lista larga de grandeza. Unos cuantos nombres para su próxima reunión de gabinete de Turismo y Cultura, que juega de estorbo por izquierda:

Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz, Luis Barragán, Juan Rulfo, Mario Molina, Cantinflas, José Alfredo, Arturo Rosenblueth, David Alfaro Siqueiros, Rivera, Orozco, Alfonso García Robles, López Velarde, Ruy Pérez Tamayo, Amalia Hernández, Rafael Márquez, Julieta Fierro, Carlos de Singüenza y Góngora, Margo Glantz, los mayas, Juárez, Luis Ernesto Miramontes, Guillermo González Camarena, Lola Beltrán, Andrés Manuel del Río, Villaurrutia, Frida, Silvia Pinal, Dolores del Río, María Félix, los mexicas, Amalia Mendoza, Teodoro González de León, Edmundo O´Gorman, el Mariachi, La Guadalupana, Tajín, Teotihuacán, Mitla, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, Vicente Rojo, Tamayo, Rosario Castellanos, Los hermanos Revueltas, Guillermo del Toro, Guadalupe Jones, Patricia Quintana, Alfonso Cuarón, “El Indio” Fernández, las telenovelas, Hugo Sánchez, Paola Longoria, los Hermanos Rodríguez, Josefina Zoraida Vázquez, Alejandro González Iñárritu, Sergio Pérez, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Elena Poniatowska, las corredoras tarahumaras, Jaime Torres Bodet y la mejor lucha libre del mundo…

Y en este compendio, Claudia Sheinbaum misma es una histórica de México y del mundo: una pena que ella siga viendo a la peña y no a la Pangea…

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