Por Gael Villoro
Toda gran civilización tiene un chisme fundador que define su destino, un punto de quiebre donde la grandeza se derrumba por una debilidad muy humana. El de los toltecas es tan dramático, oscuro y pasional que parece sacado de la mente de los guionistas de Game of Thrones.
El protagonista de este culebrón histórico es Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, el legendario rey-sacerdote de Tula. Según los relatos antiguos, era un gobernante distinto a todos: un erudito pacifista en un mundo brutal. Se decía que bajo su mandato, Tula alcanzó un nivel de utopía casi inalcanzable.
Las crónicas cuentan que durante su reinado, las mazorcas de maíz crecían del tamaño de un hombre, el algodón brotaba ya teñido de colores y el arte floreció como nunca. Pero su mayor atrevimiento fue religioso: prohibió tajantemente los sacrificios humanos. En su lugar, decretó que a los dioses solo se les debían ofrendar mariposas, serpientes y flores.
Por supuesto, esto no le hizo gracia a todo el mundo. El bando militarista de Tula, liderado en las sombras por el culto a Tezcatlipoca («El Espejo Humeante»), dios de la guerra y la hechicería, veía con desprecio tanta suavidad. Los sacerdotes de la sangre querían volver a sus viejas prácticas y planearon la caída del rey pacífico.
El plan fue una obra maestra de guerra psicológica. Tezcatlipoca se disfrazó de anciano y se coló en el palacio de Quetzalcóatl, quien estaba enfermo y recluido. El hechicero le mostró un espejo (un objeto mágico en Mesoamérica). Al ver su rostro envejecido, arrugado y mortal, el rey-sacerdote entró en pánico. Su ego y su divinidad se fracturaron.
Para «curarlo» de su angustia, los conspiradores le ofrecieron una bebida mágica que nunca antes había probado: el pulque. Engañado, buscando alivio para su crisis existencial, Topiltzin bebió, y bebió, y bebió. La borrachera fue monumental, una pérdida total de estribos que los códices describen con un tono casi trágico.
Completamente ahogado en alcohol, en medio de la euforia y sin control de sus sentidos, mandó traer a su hermana, la sacerdotisa Quetzalpétlatl. Lo que siguió fue una noche de excesos y lujuria que rompía con todos los votos de castidad y pureza que él mismo había impuesto en la ciudad de Tula.
Al despertar, la «cruda» no fue solo física, fue una resaca moral que aplastó su espíritu. Devorado por la vergüenza y sintiéndose indigno de gobernar, abdicó. Ordenó quemar sus hermosos palacios, escondió sus tesoros en las montañas y emprendió un largo y triste exilio hacia la costa del Golfo de México, prometiendo que algún día, en el año «Ce Ácatl» (1 Carrizo), regresaría para recuperar su reino.
Este escándalo sexual y etílico no solo marcó el colapso de la Tula tolteca, sino que se convirtió en una profecía que atormentaría a Mesoamérica. Siglos después, cuando Hernán Cortés desembarcó exactamente por la misma costa del Golfo y casualmente en un año 1 Carrizo, el emperador Moctezuma tembló de terror. Estaba convencido de que el rey exiliado, enojado y vengativo, había vuelto. Todo por culpa de una noche de pulque en Tula.